Fabuladores y buenas historias

27 Mar

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“El periodismo está lleno de fanfarrones e imbéciles que intentan parecer más importantes de lo que son”. De esta forma tan clara y directa empieza la película “El precio de la verdad” basada en la historia real de Stephen Glass, redactor adjunto de la prestigiosa revista The New Republic y escritor de artículos apasionantes. “En la primavera de 1998 lo que creíamos saber cambió para siempre”.


¿Hasta dónde es capaz de llegar un periodista por conseguir una buena historia? Esta es la pregunta que uno se hace tras conocer la historia del  joven Glass que no duda en afirmar: “Lo que escribes lo leen personas importantes y tu trabajo puede influir en la política de un país”. Pero, respondiendo a la pregunta formulada, un periodista es capaz de todo, hasta de mentir de forma compulsiva a todo un país. Esta es la conclusión que se extrae de la película “El precio de la verdad”, que reactiva el debate sobre la ética periodística, la ambición, la lealtad y lucha interna que existe en las redacciones.

Stephen Glass

Stephen Glass, imagen publicada por “El Confidencial”.

En esta historia se presenta al personaje real de Stephen Glass, que es capaz de escribir hasta 27 artículos inventados para publicar historias interesantes, ingeniosas y originales capaces de atraer lectores. “Esta clase de artículos también pueden ganar Premios Pulitzer”, esta es la verdadera motivación de este joven ambicioso, alcanzar el éxito y la fama a costa de mentir de forma compulsiva. Con este objetivo en su mente se gana a sus compañeros de trabajo con la estrategia de ayudarles en todo y ser muy complaciente. “Si eres un poco humilde o modesto puedes sobresalir”, afirma con franqueza el joven periodista en la película. Pero, ¿pensáis que estas mentiras las descubrió la revista para la que trabajaba?, la respuesta es no, ya que ante sus compañeros defendía el rigor periodístico con declaraciones como: “Esto es The New Republic, si no está comprobado no lo entregues y punto”. Fue la revista Forbes la que lo investigó y publicó un artículo titulado “Mentiras, malditas mentiras y ficción”, donde se descubre toda la verdad.

¿Deberíamos ser más críticos con la prensa y la información que nos llega a través de los medios de comunicación? Sí, los ciudadanos no tenemos que creernos a ciegas todo lo que los periodistas nos cuentan. Lo ideal sería contrastar las noticias que nos llegan con diferentes medios, leer libros y finalmente formarnos nuestra propia opinión. Por su parte, los periodistas tienen la obligación de ser honestos, ya que si los ciudadanos quieren leer ficción pueden comprarse un libro. La labor del periodista no es inventar fuentes y mentir al público. Lo más honesto por parte del profesional sería dentro de la subjetividad que se le supone, trabajar con el máximo rigor posible contrastando fuentes y datos.

En cambio, en la literatura sí tienen cabida historias de ficción mezcladas con la realidad. De hecho el protagonista Stephen Glass en 2003 publicó  “El fabulador”, un libro en el que narra las historias que inventó e hizo pasar por información. Sin embargo,  en Periodismo se debe respetar la verdad porque los ciudadanos tienen derecho a estar informados.

Una última reflexión, ¿por qué Stephen Glass mintió? La realidad es que los ciudadanos prefieren historias interesantes aunque sean mentira antes que la verdad aburrida, por ello sus artículos tuvieron tanto éxito. Entonces, ante esta realidad incómoda, ¿qué puede hacer el periodista para interesar con sus artículos? En mi opinión, sin faltar a la verdad, buscar a personas interesantes que aporten riqueza, frescura, originalidad y que ayuden al periodista a construir una historia motivadora, emocionante y que enganche al público. Por lo tanto, la misión principal del periodista podría ser escribir grandes historias que se esconden detrás de las personas.

La ambición puede perder a un gran profesional.

Hay que dudar de todo, hasta de las publicaciones que parecen más rigurosas.

La ética periodística está por encima de todo.

Las historias inventadas son para los libros.

Al público no le interesa la verdad.

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